Jorge Tse


Mientras tanto...



 

001 - Volví y te encontré.

Hubo un momento en el que pensé que el dolor era el centro de la historia.


Me equivoqué.


El dolor sólo me obligó a detenerme.

Y cuando lo hice, descubrí algo que había pasado por alto durante años:


La vida seguía sucediendo.

Silenciosa.

Hermosa.


Esperándome.


Desde entonces camino más lento.

Observando.


Intentando dejar un archivo vivo de todo aquello que existe cuando el ruido desaparece.


— La Paz, Baja california.

002 - La confianza también es un regalo.

Durante años fotografié personas sin detenerme demasiado a pensar en lo que realmente estaba ocurriendo.

Con el tiempo entendí algo.


Algunas fotografías sólo existen porque alguien decidió confiar.


Confiar en mi mirada.

Confiar en mi presencia.


Confiar en mis intenciones.


De vez en cuando, alguien abre una puerta y me permite observar.

No para explicar.


No para interpretar.

Sólo para atestiguar.


Ese día comprendí que fotografiar no siempre consiste en dirigir una imagen.

A veces consiste en cuidar la confianza que hizo posible que existiera.


— Cancún, Quintana Roo.

003 - Molinos, campos de lavanda y lineas imperfectas de trigo jugando con el viento.

La hermosa paradoja de estar suspendido.

Estático.


Perdido en pensamientos que parecen no moverse mientras el mundo avanza a toda velocidad detrás de una ventana.

Pueblos.

Paisajes.


Estaciones llenas de personas corriendo hacia Dios sabe dónde para reunirse con Dios sabe quién.


Durante algunas horas observé todo pasar.

Y mientras el tren seguía avanzando, algo dentro de mí comenzó a desacelerar.


Como si la distancia tuviera la extraña capacidad de ordenar aquello que la rutina revuelve.

Como si por unos instantes no hubiera nada que resolver.


Nada que perseguir.

Nada que demostrar.


Sólo mirar.

Y continuar.


— Francia.

004 - Nunca tuve que cargar todo solo.

Con los años entendí algo que no supe valorar cuando era más joven.


La vida nunca me pidió recorrerla solo.


Hubo personas que aparecieron poco a poco.

Sin ceremonias.

Sin anuncios.


Compartiendo las cosas pequeñas.

Un café.

Una caminata.

Un cigarro.


Una conversación a mitad de la noche.

Las rutas de montaña.


Las tonterías que nos hicieron reír durante años.

Y un día entendí que algunas personas terminan convirtiéndose en parte del paisaje.


Como esas nubes lejanas que hacen que el atardecer sea más intenso.

No siempre llaman la atención.


Pero cambian por completo la forma en que ves el mundo.

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de algo.


Nunca tuve que cargar todo solo.


— León, México.

005 - Esta tierra…

Durante horas caminé sin saber exactamente cuánto faltaba.


La atención estaba puesta en el siguiente paso.

La siguiente curva.

La siguiente subida.

La siguiente respiración.


Desde el suelo era imposible comprender la dimensión del recorrido.

Sólo existía el fragmento que tenía enfrente.


Tiempo después lo vi desde el cielo.


Y por primera vez entendí la magnitud del camino.



Me sorprendió descubrir que muchas cosas en la vida funcionan igual.


Mientras las vivimos, parecen pequeñas.

Confusas.

Inconexas.


Sólo con distancia entendemos la forma completa.

Sólo con distancia descubrimos todo lo que fuimos capaces de atravesar.



— Monterrey, México.

006 — Los llevo siempre conmigo.

Fui testigo de cosas que sólo pueden verse cuando uno está en completa sincronía con su entorno.


Momentos tan simples que podrían pasar desapercibidos.

Y sin embargo contienen una belleza imposible de repetir.


No puede ser forzada.

No puede ser explicada.

Sólo sucede.


Y afortunados somos quienes alcanzamos a verla.

Este tiempo me enseñó tres cosas importantes.


  • La magia de un colibrí.


  • La admiración mutua como antídoto para el ego.
  • Y Que el amor de la familia que escogemos se honra con respeto y perdón.


Entendí muchas cosas observando pequeños momentos.


Gustavo cambiándole el pañal casi a ciegas porque los lentes de Gus en la carita de Pao eran lo único que lograba hacerlo reír.


Tan difícil de explicar.

Tan hermoso de atestiguar.


Hay personas que llegan a tu vida y dejan algo más valioso que un recuerdo.

Dejan una forma distinta de mirar el mundo.


Y por eso los llevo siempre conmigo.


— Puebla, México.

007 — Llegué.

Durante mucho tiempo pensé que mi trabajo consistía en fotografiar bodas.


Con los años entendí que también consistía en aprender a moverme por el mundo.

Aeropuertos.

Carreteras.


Hoteles de paso.


Habitaciones que olvidé apenas me fui.


Ciudades donde no conocía a nadie.

Algunas veces con más experiencia que dinero.


Otras con más valentía que sentido común.


Hubo noches donde tuve miedo.

Hubo rutas que no volvería a recorrer igual.


Hubo trabajos que cobraba mal y lecciones que terminaron costando caro.

Pero mirando hacia atrás hay algo que me hace sonreír.


Siempre encontré la manera de llegar.

Y siempre encontré la manera de volver a casa.


— Frontera norte de México.

008 — Mientras tanto...

Recuerdo PERFECTO aquel lugar del que salí físicamente muchos años después pero...

emocionalmente ya me había ido desde el primer día.



No odiaba ese lugar, Solamente no era para mi.


No encontraba conversaciones, encontraba instrucciones.


Nunca odié la universidad. Me asustaba descubrir que podía acostumbrarme a una vida que nunca había elegido.


Hoy veo esta imagen y comprendo que mi verdadero aprendizaje comenzaba cuando sonaba la salida.



— Guadalajara, Jalisco.



009 — Mi origen

Mi abuela decía que mirar directamente a una cámara robaba una parte de uno mismo.


Por eso existen muy pocos retratos donde ella mire de frente.


Ese día les pedí cinco minutos.


No entendían muy bien por qué.

Yo sí.


Ya había descubierto que una fotografía no solo conserva un rostro.


Conserva una forma de amar.


Mi abuelo sonrió como siempre.

Con esa calma que nunca necesitó hacerse notar.


Mi abuela permaneció firme.

Libre.

Auténtica.

Como ha sido toda su vida.


Mientras los observaba entendí que, por primera vez, no estaba fotografiando a mis abuelos.


Estaba fotografiando mi origen.


Porque un día ellos ya no estarán aquí.


Y entonces esta imagen dejará de ser un retrato.


Se convertirá en un lugar al que siempre podré volver.

010 — Herencia

Durante años pensé que mi origen estaba hecho de apellidos.


Después entendí que también estaba hecho de símbolos.

Este abanico ha vivido en la casa de mis abuelos desde hace muchísimos años.


Descubrí que hablaba de Zheng Xie.

Un pintor, poeta y calígrafo chino que renunció a su cargo para dedicar su vida al arte.


Pintaba bambú porque representaba la fortaleza.


Orquídeas porque hablaban de humildad.


Rocas porque permanecían de pie incluso cuando todo cambiaba.


Me gusta pensar que nadie eligió ese abanico por casualidad.


Hoy me pregunto cuántas cosas heredamos sin darnos cuenta.


No solo la sangre.


También las ideas.


Las obsesiones.


La manera en la que miramos el mundo.




Una parte del abanico habla sobre la importancia de permanecer íntegro, incluso cuando el mundo espera otra versión de nosotros.


De conservar la humildad aun cuando el talento florece.

De mantenerse firme, incluso cuando el camino obliga a renunciar a las certezas.

Quizá por eso Zheng Xie dejó todo para dedicarse al arte.


Y quizá por eso esta imagen terminó encontrándome a mí.

011 — El antes y el después

Todo el mundo recuerda el día en que el loto floreció.


Nadie recuerda el tiempo que pasó aprendiendo a permanecer.


Hay una belleza inmensa en aquello que no tiene prisa.


Porque la paciencia no es esperar.


Es confiar.


Es aceptar el riesgo.




Es seguir creciendo incluso cuando nada parece cambiar.



Tal vez el antes y el después nunca fueron dos momentos distintos.


Solo dos formas diferentes de mirar el mismo proceso.